tortuga

siempre que caigo
bajo el agua
se desprende de un lugar
detrás de mi
y un poquito a la derecha
un olor a brea con miel,
en ese instante
dejo de ser martillo
para anotar
todo cuanto me dicta
la tortuga esa que me mide
la lentitud y los años.

mientras los caños
de agosto
insisten en que no hay paraguas
que dure más de una semana,
nos van creciendo a todos
ni se ven,
vastos bosques de sal
y un castillo de papel
en cuya única ventana
pareciera verse una silueta de mujer,
cuando en realidad
no hay nadie.

pez

En el sueño estaba yo junto a mi padre, que era más joven que ahora.

Me disponía a saludarlo cuando sin voltearme a ver dijo: “Soy un pez con alas en un arrollo dormido, donde nadie entiende ni acepta que bien podría en cualquier momento salir volando.”

hemorragia

la discusión está demás
cuando ya se invocó el olvido
y si la suerte da para otro intento
ya nos encargaremos entonces.

hoy por hoy,
el tiempo sigue estando en contra,
o fuera de ritmo
que no es lo mismo
pero igual no sirve.

si alguna vez
tenés el tamaño adecuado,
los sabrás por las órbitas naranja en mis ojos
y el incesante quebrar de tazas que ya nadie usa.

no hay dragón que pueda quemar a un caballero
y si la fantasía es falsa,
bienvenida la mentira!

ese último beso fue más mio que tuyo
porque aún lo guardo
en la cajita aquella que pensé en regalarte
y no tuve la oportunidad.

y si bien es cierto
que las medias estuvieron sucias
mi cuaderno sigue intacto
de tus rastros de amor.

alguna vez en un abismo
se escucharán los quejidos de otras bestias
recordando en sus niñecez
las historias que escucharon antes
de las almas que se amaban
y no alcanzaron a verse reunidas
por azares del no saber hacer mejor.

para entonces,
ya no seremos nosotros,
ni importará para nadie
esa puerta de luz
que no supimos abrir
cuando aún había tiempo.

Infierno V

En las altas horas de la noche, desperté de pronto a la orilla de un abismo anormal. Al borde de mi cama, una falla geológica cortada en piedra sombría se desplomó en semicírculos, desdibujada por un tenue vapor nauseabundo y un revuelo de aves oscuras. De pie sobre su cornisa de escorias, casi supendido en el vértigo, un personaje irrisorio y coronado de laurel me tendió la mano invitándome a bajar.

Yo rehusé amablemente, invadido por el terror nocturno, diciendo que todas las expediciones hombre adentro acaban siempre en superficial y vana palabrería.

Preferí encender la luz y me dejé caer otra vez en la profunda monotonía de los tercetos, allí donde una voz que habla y llora al mismo tiempo, me repite que no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria.

Juan José Arreola.